sábado, 5 de abril de 2014

Las clase política y El delito de intentar mantener el enfrentamiento

Información: La mayor vergüenza en la historia de Arequipa: su rendición sin combatir al enemigo chileno el 29 de octubre de 1883.- Ciudad del Misti recibe con los brazos abiertos al invasor.- Alcalde De la Fuente aloja con holgura y comodidad a los 8 mil "amigos" gen - 12/01/2014 1:23:19

"Escribe: César Vásquez Bazán
Acuerdo del Concejo Provincial de Arequipa solicitando al Vicepresidente Montero que evite que el combate con los invasores tenga lugar en la ciudad de Arequipa
Rosendo Albino Zevallos ,integrante del Concejo Provincial que entregó Arequipa a los chilenos, identifica al grupo social que estaba en contra de la resistencia al invasor
Por supuesto que Arequipa contaba con armas. También existía en sus alrededores sitios inexpugnables, como las alturas de Huasacache. Tenía hombres, cierto, pero, a la vez, carecía de espíritu de sacrificio, como lo demostró el acuerdo de su Concejo Provincial pidiendo no combatir en la ciudad, o el testimonio de R. A. Zevallos indicando que la clase dominante arequipeña estaba en contra de la resistencia [a los invasores chilenos].
Reconociendo estos antecedentes, expresémonos con propiedad: Arequipa tenía hombres, pero hombres sin espíritu de sacrificio. Y si le faltó gobierno fue porque esos hombres sin espíritu de sacrificio se deshicieron del Gobierno de Arequipa tras amotinarse contra él los días 25 y 26 de octubre de 1883.
César Vásquez Bazán, enero de 2014
Ilustración No. 1
Bandera de Arequipa, color rojo sangre, con el escudo de armas otorgado a la ciudad por Carlos V de España, mediante Real Cédula del 7 de octubre de 1541
En la Arequipa de fines de octubre de 1883, invadida por los genocidas chilenos, los leones rampantes y linguados representados en el escudo ,supuestamente los guardianes del Misti, estuvieron ausentes. No aparecieron. Corrió sangre peruana ,mas de cien muertos, baleados por otros peruanos, pero no la sangre que debió haber corrido que era la de los invasores que mellaron su suelo.
Arequipa en los últimos días de octubre de 1883 escribió uno de los momentos más tristes de su historia y, por ende, de la historia del Perú. Se acercaba a ella el ejército de una potencia extranjera. Arequipa no era atacada por Nicolás de Piérola; tampoco intentaba asaltarla el Vicepresidente Montero o el general Cáceres. Arequipa estaba en la mira de los invasores chilenos.
Se puede estar o no de acuerdo con Piérola, con Montero, o con Cáceres pero, en las circunstancias de Arequipa y frente al avance del enemigo del Perú, ¿cuál era la amenaza mayor?
Para los ciudadanos con noción de patria, el enemigo principal en octubre de 1883, como en diciembre de 1879, como en enero de 1881, eran los invasores chilenos. Contra los genocidas de Chorrillos, Barranco y Miraflores, contra los repasadores de heridos, contra los saqueadores de Lima, Trujillo, Ancash y Lambayeque, contra los enemigos que apresaron al presidente peruano García Calderón y lo llevaron como un vulgar reo al destierro en Chile, la heroica Arequipa, ciudad de blasones, escudos y banderas, no hizo nada.
Tenía la capital del Misti una batería de cañones Krupp y otros cañones de construcción propia, haciendo un total de treinta piezas; tenía ocho mil rifles; tenía ametralladoras y dos millones de balas. Lo que faltó a Arequipa, además de visión histórica, fueron algunos miles de ciudadanos decididos a enfrentarse al enemigo. A la hora de la verdad, sólo una minoría aceptó el desafío de los genocidas sureños.
Ni hombres ni armas enfrentaron al enemigo chileno. Por el contrario, lo terrible de la Ciudad Blanca en octubre de 1883 es que unos y otros se levantaron no contra el invasor sino contra el Gobierno Provisorio de García Calderón ,el presidente arequipeño deportado en Chile,, apuntaron contra el Vicepresidente Montero y segaron la vida de oficiales y soldados peruanos por el delito de intentar mantener el enfrentamiento contra el enemigo mientras éste no aceptase una paz sin cesión territorial.
Por supuesto, se sabe qué clase de pendenciero era Lizardo Montero. Considerado erróneamente como un As de la Marina Peruana, Montero fue un vivo de la vida metido en política (fue candidato presidencial contra Mariano Ignacio Prado en 1875). Como marino no valía gran cosa. Por ello no estuvo al mando de ningún buque de guerra importante durante el conflicto con Chile. Como "general" el tipo no tenía ni conocimientos, ni experiencia militar, a no ser que se califique como tal su participación en asonadas, sediciones y disturbios. Quizá deba respetársele por su actuacion en la Batalla del Alto de la Alianza, pero ahí paramos de contar.
Montero era un político tradicional peruano, no inclinado a arriesgar el pellejo. Para describirlo debe recordarse que Montero es el jefe que abandonó a Bolognesi en Arica, encargándole hacer volar la plaza para que sirviera de ejemplo al Perú. La acción de Montero es similar a la de su colega, supuesto As de la Marina Peruana, Aurelio "Figuretti" García y García, otro marino metido a político, al que la Historia recuerda por haber dejado solo a Grau en Angamos. García y García no volvería a comandar un buque de guerra del Perú; continuando con su carrera política se convirtió en el principal ministro de Piérola.
Así que no se está escudando a la persona de Montero. Lo que se defiende es el rol de Montero como representante del Gobierno alternativo al del traidor Iglesias. La inconsciente Arequipa se dio el gusto de derrocar al régimen que luchaba contra Chile y del cual Cáceres era segundo vicepresidente. Con el golpe de estado del 25 de octubre de 1883, Arequipa le hizo el más grande favor a Chile y al régimen títere del traidor Iglesias.
No olvidemos que unos días antes de la rendición de Arequipa se había rubricado en Lima la vergüenza de Ancón. El tratado fue suscrito por el gobierno de Iglesias, uno de los dos gobiernos que tenía Perú en ese momento. La Administración de García Calderón-Montero-Cáceres no aceptó el tratado. Mientras existiera el Gobierno Provisorio de Arequipa, Perú podía invocar que el gobierno de Iglesias era un mero títere de Chile y que no representaba realmente a la nación, que el gobierno legítimo era el que tenía su sede en Arequipa y que el Tratado de Ancón era un mero papel mojado en tinta.
Volvamos al avance chileno sobre Arequipa. Ayudado y orientado por guías peruanos, y con militares peruanos adjuntos que cumplían encargo del traidor Iglesias, el ejército invasor transitó por Moquegua, sin oposición, y llegó a las puertas de la Ciudad Blanca.
Es allí donde el enemigo contó con el fino apoyo de los coroneles arequipeños Llosa ,Francisco y Germán Llosa Abril,que abandonaron sus posiciones en Huasacache y dejaron pasar a los chilenos por Puquina con rumbo a Arequipa, sin enfrentarlos, aduciendo que no sabían qué hacer, que no tenían órdenes específicas, que les habían cambiado las municiones, que eran muy pocos para enfrentar a los mil trescientos invasores, que ellos sólo eran coroneles del ejército de línea pero tenían pocas décadas de "experiencia", etc.
En Huasacache y Puquina no hubo Bolognesis, Alfonsos Ugartes, ni Justos Arias. Ahí hubo coroneles Llosas, que es exactamente lo contrario a Bolognesi, Alfonso Ugarte o Justo Arias. Ahí hubo Llosas que superaron dialécticamente las cobardías de Segundo Leiva y Agustín Belaúnde, coroneles de papel que abandonaron a Bolognesi en Arica, no acudiendo en su apoyo o simplemente desertando sus funciones.
Sin embargo, el golpe decisivo contra el Gobierno Provisorio fue iniciado por otro Llosa arequipeño ,el coronel "cívico" de Guardias Nacionales Luis Llosa Abril, que sublevó a su Batallón No. 7. Con el ejemplo del batallón de Llosa, los demás cuerpos de la heroica Guardia Nacional arequipeña se levantaron contra el gobierno de García Calderón-Montero. Contra ese régimen dispararon, que era el gobierno al que respondía Cáceres, y a ese Gobierno le mataron varios oficiales y soldados.
Los chilenos estuvieron felices que menos de una semana después de la firma del Tratado de Ancón, el Gobierno que no aceptaba las condiciones chilenas había dejado de existir.
Ilustración No. 2
Escudo de Armas de Arequipa otorgado a la ciudad por Carlos V de España, mediante Real Cédula fechada en Fuenzalida el 7 de octubre de 1541.
1. ANTECEDENTES
1.1 Alarma espantosa, pánico, y desaliento en Arequipa
Los siguientes testimonios y extractos periodísticos proporcionan una idea acerca del ambiente depresivo que se vivía en la Ciudad Blanca días antes de la presencia en la zona de los invasores chilenos. El miedo se había generalizado entre la población debido al número superior de los asaltantes, a sus tendencias genocidas y a las prácticas del saqueo, destrucción, asesinatos y violaciones que cometían tras las batallas.
Texto No. 1
"Alarma espantosa" ante la aproximación de los genocidas
Arequipa, 17 de octubre de 1883
(Ahumada 1891, 353)
Texto No. 2
"Horribles momentos de pánico" en Arequipa
Arequipa, 17 de octubre de 1883
(Ahumada 1891, 353)
Texto No. 3
"Gran desaliento" ante el regreso a Arequipa de las tropas peruanas enviadas a Moquegua y que no enfrentaron al ejército chileno en esa ciudad
Arequipa, 13 de octubre de 1883
(Ahumada 1891, 352)
Texto No. 4
Los que pudieron hacerlo fugaron ("emigraron") de Arequipa
Arequipa, 13 de octubre de 1883
(Ahumada 1891, 352)
1.2 Importantes sectores de la población se muestran reacios a combatir
La siguiente proclama circuló en Arequipa el 27 de septiembre de 1883, es decir un mes y dos días antes de la capitulación de la Ciudad Blanca. El 28 de septiembre de 1883 fue publicada en su integridad en la portada del periódico arequipeño La Bolsa.
El documento evidencia tres hechos que caracterizaban el ambiente político de Arequipa a la llegada de los invasores chilenos.
El primero de ellos es la existencia de un sector importante de la ciudadanía que no presentaría batalla en defensa de la ciudad. Es a ellos ,y también a los indecisos, a quienes la proclama intenta convencer, provocándolos a luchar planteando la interrogante "¿Os dejaréis conquistar?".
El segundo es la generalización del miedo entre sectores de la población arequipeña. Es por ello que la proclama llama a la ciudadanía a esperar con el arma al brazo, sin temor ni jactancia. Recuerda que los arequipeños nunca contaron el número de sus enemigos y que, en la ocasión, deben luchar como siempre, con fe en la causa y "con el denuedo de los pasa
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